Wednesday, May 9, 2012

Sabina__I

En el atardecer delicioso, la Cuidad mágica y latina, se envolvía en la niebla
vespertina, que tenía tonalidades armoniosas de ámbar y, de cobalto;
diseñá banse en lo alto de los cielos repletos de crepúsculos, como grandes
corpúsculos erráticos, los ópalos cabalísticos de las estrellas;
las nubes, de una blancura de poliargita, resplandeciente, como la del hielo
impoluto, se teñían de una orla carmesí, que parecía enredada, en los rosales
invisibles de un jardín misterioso oculto tras el valladar de las tinieblas;
la Noche, insaciable, se aprestaba a devorar el cadáver del Sol, arrojado
hecho cenizas, al columbario inmenso de su seno;
la gran Urbe, inquieta y tumultuosa, rumoreaba, como la mar apacible y
azul, que se domina a sus pies, resplandeciente, con la caricia de los lejanos
astros que surgían;
la calle populosa, sobre la cual el arbolado daba cariñosa sombra hospitalaria,
semejaba el cauce de un río apenas perceptible desde el alto balcón, sobre
cuyo barandaje inclinada, Sabina Cortés, avizoraba con ansiedad;
la mansedumbre de los cielos hacía uno como ámbito de oro a la belleza de su
rostro, que era como una aparición pictórica en ese fondo fúgido de visión y
colorido;
el apasionado candor de la tarde, se reflejaba, en la fayenza de sus ojos tristes,
que interrogaban las lejanías con una inquietud creciente y dolorosa;
se diría que su ansiedad se difundía en el crepúsculo como un hálito febril;
la armonía perfecta de su busto, que sobresalía, casi todo, del barandal,
se destacaba con los lineamientos inmutables de un bello torso fidiano pronto
a derrumbarse de una columna vencida, en la frágil claridad de la hora
evanescente;
la llama viva de sus ojos, parecía querer violar el corazón de las tinieblas,
interrogando la densidad del horizonte;
insensible al encanto de la hora su rostro no reflejaba sino ansiedad, una
ansiedad creciente y, torturadora, que extendía sobre él, una sombra de pena;
a cada momento se inclinaba más hacia afuera, como si fuese a precipitarse,
desvanecida y atraída por el olor acre y capcioso que subía de los árboles y
se mezclaba al de los jazmines recién abiertos, en los maceteros de mayólica
que ornaban el balcón, y, en los cuales abrían el orgulloso esplendor de su
belleza naciente;
abajo, como astrágalos de oro extendidos a lo largo de las aceras y
contorneando la gran plaza lejana, los fanales de luz eléctrica alumbrados
por manos invisibles, fueron apareciendo uno a uno, arrojando su claridad
oscilaciones inquietantes, sobre las tinieblas cenagosas de la calle de la cual
se alzaba uno como vago rumor fluvial;
fatigada de mirar sobre ese estuario de sombras, con riberas áureas y en el
cual nada alcanzaba a ver, la joven se retiró del balcón y entrando a la sala
se dejó caer como desfallecida en un sillón de terciopelo, viejo estilo, el cual
acusaba aún en su decrepitud, restos de antigua opulencia, y, enlazó sobre
el seno el marfil maravilloso de sus manos, en un violento gesto de inenarrable
angustia;
en ese interior el crepúsculo borraba y fundía los contornos de los objetos,
como si se inmergiesen lentamente en el fondo de una agua tranquila y diáfano
de un azul hidratado de asperolita;
en ese pequeño salón, un viejo solemne mobiliario en seda escarlata,
con grandes molduras que habían sido doradas, atestiguaba días de antigua
riqueza y aparecía extraño en aquella morada estrecha, y como triste de
mirarse en el gran espejo que sobre la consola alzaba su cristal enorme,
coronado por dos pámpanos de crisocalco, a los cuales el tiempo al
desteñirlos había dado un extraño color de moscateles en Octubre;
sobre el sofá y pendiente del muro, el retrato del viejo Coronel Aníbal
Cortés, rígido y marcial, cubierto el pecho de dorados y de cruces parecía
contemplar desesperado la ruina de los suyos y la ansiedad creciente de su
hija, que no acertaba a estar quieta, vagando angustiada del sillón al balcón
y de aquél a éste;
esperaba a su madre, que había salido poco después del mediodía para
llevar a una Oficina de Informaciones varias copias dactilográficas, que ella
había terminado en la mañana, en esa misma máquina que estaba al alcance
de su mano y sobre la mesa de la cual, otras copias inconclusas atestiguaban
su labor;
Sabina Cortés tenía veinte años;
y, era bella; de esa belleza imponente y severa, tan querida al Arte veneciano
en los tiempos gloriosos de aquel demiurgo de la color que fué: Jacopo Rubusti;
reproducción de un lienzo suyo parecía;
alta y delgada, de esa delgadez esbelta y fuerte que fue como la característica
pictural del grupo de pintores rossettistas, y que culminó en el pincel
eminentemente intelectual de George Frederick Watts;
viéndola, se pensaba involuntariamente en aquella Esperanza, ciega y
desfallecida sobre el planeta, y en el cual el gran artista simbolizante intentó
expresar lo Inexpresable;
grandes ojos ambarados, unos ojos de crepúsculos, con misterios de paludes
en un bosque ecuatorial;
el zarzal de las pestañas los hacia más obscuros, más profundos, cual
guardando en sus cristales un Enigma Espiritual;
palidez de rosas tristes con tersuras de magnolia, en el rostro grave y, serio,
cual velado por las alas de un Ensueño;
boca grande y desdeñosa, como ajena a las sonrisas; cause estrecho y
sinuoso de un torrente de tristezas;
cabellera de un color de heno seco, sin reflejos;
la anudaba en moda griega hacia la nuca;
lo cual daba a sus facciones el relieve de un perfil estatuario;
grandes manos, largas, diáfanas, como lirios acuáticos; manos hechas para
encanto de un laudista; se agitaban muy nerviosas en esa hora de inquietud;
vestía muy sencilla: una bata azul obscuro, cuya tela modelaba el encanto
irrevelado de su cuerpo escultural;
era hija única de un valiente militar quimérico y soñador, que enamorado de
la política había sacrificado su carrera en los vaivenes de ella y, después de
renunciar todos sus títulos y mercedes, se había dado con pasión a los
negocios;
demasiado honrado y demasiado generoso, había fracasado en ellos,
perdiendo por completo su fortuna, y la de su mujer, que eran cuantiosas;
no resignándose al desastre, emigró a una colonia lejana, con la esperanza
de restaurar por el trabajo su riqueza desaparecida;
murió en el intento, sin realizarlo;
una fiebre palúdica lo mató;
mientras vivió su mujer y su hija, recibían, periódicamente y puntualmente,
una cuantiosa pensión que él les enviaba;
pero, muerto hacía ya dos años, la pobreza había tocado con sus mano
descarnada al hogar de las dos mujeres desvalidas, privadas de todo recurso,
y, había entrado y se había instalado en él, como soberana.
Sabina y su madre habían hecho esfuerzos inauditos para alejar aquel huésped
incomodo y cruel;
esos esfuerzos heroicos habían sido estériles y, no habían logrado sino
prolongar inútilmente una lucha, en la cual eran cada día más vencidas;
lentamente, y como tragado por un abismo insaciable, fueron desapareciendo
por venta o por empeño, sus joyas, sus vajillas de plata, su cristalería, sus
pieles de abrigo, sus telas y aun sus trajes suntuosos; todo lo que significaba
lujo, desapareció;
y, bien pronto desapareció también lo que significaba comodidad;
no pudiendo pagar la renta del gran piso que ocupaban en una de las avenidas
más céntricas de la ciudad, vendieron gran parte de su mobiliario y con los
resto de él se redujeron a ese pequeño apartamento, en el quinto piso de una
modesta casa, situada en una calle popular, y, el cual pagaban con el trabajo
de Sabina;
ésta, que había soñado al principio ganar su vida dando lecciones de piano,
que tocaba a maravilla, tuvo que renunciar a ese intento, viendo la exigüedad
de los precios con que pagaban su trabajo, y, siguiendo el consejo de
un viejo amigo de su padre aprendió Mecanografía, y, perfeccionando sus
conocimientos de francés, de dedicó a esta profesión;
para ello, vendió su piano, y compró una magnífica máquina de escribir,
último modelo;
trabajaba para grandes casas comerciales en su propio domicilio, y sólo muy
raras veces iba a trabajar a las oficinas de otros;
así vivían escasamente, una vida de privaciones y de pobreza silenciosa, en la
cual se agotaba su belleza como una flor;
esa belleza espléndida, estorbaba más que ayudaba su profesión, porque le
impedía trabajar en ciertas oficinas donde se le llamaba con urgencia, pero en
las cuales era objeto de asiduidades peligrosas;
esa mañana, había acabado unas copias urgentes, para una casa importante
y, su madre había salido para llevarlas;
y, era ya tan tarde y no regresaba;
volvió a asomarse al balcón, inquieta, llena de un sobresalto mortal;
había anochecido por completo;
como una ronda de coleópteros luminosos, los focos de luz brillaban
en las tinieblas… ;
claridades azulinas e intermitentes, hacían a trechos estanques diafanizados
donde temblaban las antenas de libélulas extraviadas…
desde arriba no se veía nada en ese triunfo absoluto de la sombra;
una palidez fosforescente de pantano se extendía entre el balcón y la calle
haciendo inútil todo esfuerzo de visión;
cansada de explorar en vano, el horizonte, cerró el balcón, hizo luz en su
aposento y pensó en vestirse, para ir en busca de su madre;

¿ a dónde iría ?
después de su ruina ellas no tenían casi amistades;
tenían algunos parientes del lado paterno a los cuales trataban muy poco,
y su madre no los visitaba nunca.


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