Después de cierta edad de la Vida, ya no vivimos en ella, sino bajo
los escombros de ella;
y, es bajo esos escombros de nuestros sueños, que sufrimos, cantamos
o lloramos, como un minero sepultado bajo la tierra...
y, la Muerte, cuando viene, no hace sino acabar de sepultarnos.
Para atentar a su Vida, se necesita una alta dignidad: sentirse digno
de la Muerte.
Cualquiera que sea vuestro Orgullo, ¿no os ha llegado un momento de
sentiros demasiado pequeños?
ésa es la hora en que viene a nosotros el Amor, un Amor tan grande,
que sólo teniendo el corazón infinito, podríamos albergarlo...
y, sufrimos y morimos, agobiados por ese Amor, más grande que nosotros.
El dulcísimo y maravilloso paisaje de la Soledad, es el único refugio
que la Vida ofrece a aquellas almas sedientas del Infinito, obsesionadas
por el deseo de lo Incognoscible; ansiosas de devorar la Palabra tenebrosa
del Misterio, almas enfermas del Vivir, y que no tienen la fuerza heroica
de morir.
Toda Metafísica, es empírica, porque todo lo que va más allá de las cimas
visibles de la Materia, se hunde en los cielos vagos de la Hipótesis,
florecidos de quimeras;
la Metafísica, es la única parte donde los hombres han podido radicar
a Dios;
porque la Metafísica es el Imperio de lo que no existe...
Dividir el Mundo, en Pensamiento y Extensión, como los cartesianos;
o en Real e Ideal, como Schelling y Hégel, es un juego de vocablos que no
llega siquiera a la Paradoja;
el Mundo es: Indivisible;
el Mundo es: Uno;
y, se llama: la Materia;
la Materia, no tiene sino dos expresiones: la Vida, es decir,
la actividad visible de la Materia; y la Muerte;
o sea, actividad invisible de la materia;
no hay reposo, no hay cesación, no hay tregua en la Vida, es decir,
en la Materia, que trabaja siempre, produce siempre, y se transforma
siempre, sin descansar nunca, sin morir jamás...
la Vida es: Todo...
y. Todo es: Nada.
Los Kantianos apasionados, se empeñan en alzar fronteras, entre lo que ellos
llaman: el Entendimiento y la Razón;
yo no alcanzo a ver en Verdad, dónde principian las fronteras de esas dos
abstracciones;
para mí, no hay Razón sino en el Entendimiento, y no hay Entendimiento fuera
de la Razón;
esas dos sombras de Entidades, que quieren levantarse en el Absurdo, con los
nombres de Dyanoyología y de Lógica, no son sino un solo indivisible Imperio:
el Pensamiento;
y, el Pensamiento, no es, sino la parte más noble y mejor distribuida de
la Materia;
y, es por él, que interrogamos la Materia misma;
la Materia, es Dios;
y, nosotros somos hijos de la Materia;
he ahí, por dónde, nosotros somos hijos de Dios...
eso halagará mucho a los Hombres...
pero disgustaría mucho a Dios, si Dios fuera algo más que la Materia;
felizmente los dioses y los hombres, todos son Apariencias, y no existen
sino en el Cerebro de esa triste y fugitiva Apariencia que es: el Hombre.
La Teoría de Schopenhauer : «el Mundo es mi Representación», es una teoría
de Orgullo, pero no de Realidad;
sería mejor, decir: «el Mundo es mi Ideación»;
porque el Mundo, no nos representa, ni nosotros representamos el Mundo, sino
que el Mundo se representa en nosotros;
nosotros, concebimos el Mundo como Idea; y es en virtud de esa Concepción
nuestra, que el Mundo existe en nosotros, y por nosotros;
nosotros, somos el Mundo real de nosotros mismos; y fuera de nosotros,
no hay Mundo; sino apariencias que mueren para nosotros, desde que
están más allá de nuestra Sensación;
si el Mundo fuera nuestra Representación, sería nuestra Voluntad, y nosotros
no tenemos Voluntad ninguna sobre el Mundo;
tenemos Voluntad sobre nuestro Mundo Interior, y podríamos suprimir ese
Mundo; es decir, matarnos; y suprimir así el Mundo que está en nosotros;
pero el más bajo de los Instintos se impone a la Voluntad;
y, continuamos en vivir, y lo que es más cobarde aún: en propagar la Vida...
ésta es toda nuestra Voluntad: no tener ninguna;
¿no es Verdad que el Hombre sería el más vil de los seres, si no fuera
el más desventurado de todos?
La Voluntad, no debe llamarse Voluntad, sino Fuerza, dondequiera que se
halle en el laberinto dialéctico de la Filosofía;
lo que no es Fuerza, no es Voluntad, o mejor; es una Entidad Inactiva, una
No Voluntad, que dice Heráclito: lo Inerte.
Si, como sostienen los deterministas, todas las tendencias de la Vida animal,
deben referirse a la Voluntad, la Voluntad no es entonces, sino el Instinto,
que reune en sí, las condiciones que ellos dan a la Libertad: ser Idéntica,
Indestructible y Libre.
Un Hombre digno, no mendiga el Amor, porque tiene Conciencia de merecerlo;
pero, el Amor, es de tal manera un sentimiento indigno, que siente
la necesidad de ser mendigado;
de ahí, que no se dé, casi nunca, sino a quien más lo solicita.
La única vez que estamos seguros de no ser traicionados, es cuando estamos
solos, porque es muy difícil que un Hombre llegue a traicionarse a Sí Mismo.
un Hombre, que tiene muchos amigos, ha perdonado mucho, o tiene mucho
que hacerse perdonar.
Cuando estamos solos, es la única vez que no sabemos qué hacer
de nuestro desprecio.
La Soledad, es el Despotismo de Sí Mismo;
y, casi siempre, un Gran Solitario, es un Grande Hombre, que no se dignó
ser un gran Tirano.
No se puede vivir sin amar a alguien, o sin creer en algo;
pero, la ventura, no se obtiene, sino colocando esa fe y ese amor en un
corazón digno de ellos;
he ahí, porqué el Solitario, se acerca tanto a la Felicidad;
porque halló en Sí Mismo, el corazón que otros buscan fuera;
y, se adoró.
¡Qué cosa tan admirable sería un Amigo, si tuviese la Sinceridad y
la Constancia de un enemigo!
La diferencia entre el Orgullo y la Vanidad, está, en que el Orgullo,
ni busca, ni soporta cortesanos; y la Vanidad, no puede vivir sin ellos;
la Vanidad, moriría en la Soledad, fuera de la cual el Orgullo no puede vivir.
El Orgullo, como el Genio, tiene dos enemigos: los que no pueden
comprenderlo y los que no alcanzan a tenerlo.
La edad madura, sería insoportable sin la Experiencia;
y, es a causa de la Experiencia, que es tan triste la edad madura.
En la juventud, atropellamos la Vida;
después... sentimos que la Vida nos atropella;
¡ay! es que nosotros envejecemos y la Vida es eternamente joven.
Cuando jóvenes, aspiramos a ser felices;
después... sólo aspiramos a ser lo menos infelices posible.
Cuando jóvenes, tenemos aspiraciones; y eso nos da alas;
después... no tenemos sino decepciones; y eso nos las corta;
he ahí por qué, de jóvenes ensayamos volar, estrepitosamente;
y, después... caminamos en Silencio, pausadamente, hacia la Muerte.
Cuando jóvenes, estamos ansiosos de vivir...
después... estamos tristes de haber vivido y tristes de vivir...
Yo sé, diariamente, de hombres que se sacrifican por su patria;
viviría mil años y no lograría saber de una Patria que se hubiese sacrificado
por un Hombre;
y, la mayoría de los hombres, aman su Patria, tal vez a causa de que su
Patria no los ama;
porque todo Amor es una Abyección;
y, la Indignidad apasiona enormemente los corazones abyectos.
La Guerra, es lo único que se ha salvado de nuestra antigua barbarie;
y, es ella, la que sintetiza toda nuestra Civilización.
La Espada ha sido el único instrumento de mesuración sobre la Tierra;
y, es ella quien ha trazado las fronteras de todos los países del Globo.
La Espada, ha sido el arado que ha hecho florecer todas las civilizaciones...
y, la hoz, que las ha cortado...
ninguna Civilización ha triunfado, sino en la punta de una Espada...
y, ninguna ha muerto, sino al filo de una Espada...
y, la Espada es la Barbarie...
¿qué es, pues, la Civilización?
que respondan los bárbaros, domesticados por la Espada y que creen en
la Civilización.
Yo, conozco hombres, que son patriotas, sólo por poder decir: mi Patria;
y que se casan, por poder: mi Mujer;
es la única manera que han hallado de ser propietarios y de tener algo suyo;
sólo, que sucede, que su Patria es de muchos;
y, aveces... su Mujer también.
Los pueblos débiles, aman los conquistadores, como las mujeres aman los suyos;
porque sienten en el fondo de su corazón, un orgullo abyecto, de haber
inspirado su Codicia;
y, porque tienen la certidumbre de haber nacido para esclavos: son carne de
Conquista.
La Historia de la Humanidad, semeja el diario de una vieja cortesana: no sabe
hablar con admiración sino de sus dominadores; ellos hacen todo su deleite,
y forman toda su Vida.
Antes de la aparición de la Historia como Ciencia, no había habido
verdaderamente historiadores, sino cronistas;
y, tal vez los únicos que merecieron el nombre de historiadores, fueron
los llamados Cronistas de la Edad Media, porque ellos aportaron a la Historia,
los primeros datos fragmentarios e instintivos de Sociología, de Psicología
y aun de Estadística, esas ciencias de aluvión, que han formado luego,
el terreno firme de la Historia.
La Sociedad, es el camino que lleva a la Soledad; quien no haya atravesado
por ese valle del Tumulto, no llegará nunca a esta cima de la Paz y de la Luz;
es tratando mucho a los hombres, que se siente la necesidad de huir de ellos.
La Superioridad de un Hombre, se revela por su amor a la Soledad;
todo animal inferior, es colectivo.
La Soledad de un Hombre honrado, es deliciosa;
la de un pícaro, debe ser insoportable, como la de un tonto;
los pícaros y los tontos no pueden estar nunca solos;
por eso fundaron la Sociedad;
y, reinan en ella.
La Sociedad, con su contacto, nos recuerda demasiado bruscamente que somos
de la Especie Humana;
y, eso es una razón para entristecernos, viendo tan cerca de nosotros actuar
los otros hombres.
La Virtud, es muy interesante, precisamente porque es un interés;
y, los jardineros de la Virtud, son los que venden mejor sus frutos;
de ahí que haya tantos cultivadores de ella.
La Vida, no tiene un resplandor de Belleza, sino en esta edad madura,
fronteriza de la vejez, la cual es como un remanso de río, iluminado
suavemente por una iluecencia de crepúsculo;
¡qué pureza de líneas, qué seguridad de contornos, qué serenidad en
los horizontes y en los paisajes espirituales que se contemplan!...
la Vida, ha quedado ya atrás, con todas sus corrientes y sus naufragios,
sus mirajes y sus borrascas, sus ruidos y sus peligros, la agudeza de sus
dolores y el encanto traidor de sus placeres...
adelante de nosotros, no está ya, sino la Muerte, serena, augusta,
tendiéndonos sus brazos misericordiosos, llenos de mudos prestigios...
y, vemos, cómo la Sombra avanza en el remanso, sobre las aguas y bajo
los cielos...
y, un crepúsculo de alba se alza dentro de nosotros, prontos ya a fundirnos
y a desaparecer, en ese invisible horizonte, lleno de todas las claridades;
no hay nada más alto y nada más augusto que este pórtico, por donde entra
en la vejez un Hombre Libre...
sin un Dios... sin un Amo... sin un Amor...
solo, fuerte, altivo, pronto a fundirse en lo Infinito, de lo cual su alma
fué un reflejo misericordioso sobre la Tierra...
En la tarde de la Vida, son más las cosas que nos inclinan hacia la Melancolía
que aquellas que nos impulsan hacia la Indignación; porque con esto del Vivir,
conocemos de tal manera a los Hombres, que nos sentimos más inclinados a
compadecerlos por miserables, que a condenarlos por culpables.
La Juventud, es intolerante porque es pura;
pero, la Vida, envilece de tal modo los hombres, aun los más puros,
con el solo hecho de vivirla, que después de cierta edad, la Tolerancia se alza
en nuestro corazón, como un grande árbol, cuyo ramaje fraternal y
misericordioso, se extiende sobre los otros y sobre nosotros mismos, cual la
Sombra de un grande Amor, hecho de conmiseraciones infinitas, hacia esa gran
Miseria pensante que es: el Hombre.
Es muy raro que un Hombre de Genio llegue a inspirar Amor;
casi siempre lo que se le ofrece bajo ese nombre no es sino la Admiración.
Envejecer, no nos amista con la Vida, pero nos familiariza con ella;
es envejeciendo, que amnistiamos el Pasado;
vemos en las generaciones que se suceden, aparecer los mismos vicios y las
mismas debilidades que nos hicieron insoportables los contemporáneos de
nuestra juventud: los vemos reproducidos en sus propios hijos;
y, después de haber asistido con aquéllos, al encanallamiento de nuestra
época, nos es dado el mayor de los desencantos, que es, asistir con éstos,
al encanallamiento de nuestra Esperanza.
Nuestra juventud, es una cámara nupcial, llena de luces, de perfumes
y de flores;
en ella, esperamos la Visitación de la Vida;
y, ella llega, y la desfloramos con frenesí, la gozamos con violencia, ajamos
todas sus flores, apuramos todos sus encantos, agotamos sus besos, nos
embriagamos de sus caricias, la coronamos con todas las rosas de la Lujuria
y la Ilusión, la envilecemos y nos envilecemos con ella, nos dormimos sobre
su seno martirizado por nuestras manos, y despertamos hastiados de ella, sobre
los restos del festín, preguntando con fastidio: ¿cuándo se irá?...
nuestra vejez es una Cámara de enfermo, ataviada para recibir en ella la
Visitación de la Muerte;
no hay músicas;
no hay flores;
no hay perfumes;
grandes Silencios que vienen de los jardines cercanos de ultra-Tumba;
y, preparados para esa cita con la última querida: aquella que no falta
nunca, nos impacientamos, diciendo:
—¡Cuánto tarda! ¿por qué no viene?
¡chít!
alguien llega: es Ella;
caemos en sus brazos;
la sentimos, pero no podemos verla;
su beso nos hace ciegos y sordos para siempre...
un ateísta, que a cierta edad de la Vida, vuelve
a leer la Imitación de Cristo, siente la misma impresión
que un Hombre que hubiese amado el Amor, sentiría,leyendo
a los ochenta años, un legajo de cartas amorosas,escriras a los quince;
una mezcla indistinta de lástima y de mofa, de ternura y de risa; asombro
de haber creído en una Quimera, y algo de la vaga y dulce Melancolía, que
la muerte de esa Quimera dejó en su corazón;
la muerte de toda Fe, como la de todo Amor, deja tibias cenizas en
nuestra alma...
y, es dulce, en el sagrado frío de la Soledad, tender las manos sobre esas
cenizas enamoradas que aun nos calientan como si fuesen la palpitación de
un beso;
¿qué es un Solitario-Ateo, sino un asceta de Genio que ha encontrado en él
su propio Dios?
Hay escritores cuya Vida es de tal manera grande por el Pensamiento y por
la Acción, que siendo su Obra literaria, la más grande de su tiempo, la
grandeza de su Vida, pasa sobre su Obra y la domina: tal es su Heroicidad;
ésos son los Hombres-Epopeyas, y la Historia, llegando ante ellos, con las
manos llenas de coronas, no sabe cuáles ofrecerles primero, si aquellas del
Respeto, o aquellas de la Admiración, de tal manera se han impuesto a ambos,
alzando su frente más alto que las más altas cimas coronadas de laurel.
¡Bendita edad ésta, en que sentados en lo alto de la colina, que divide y
domina las dos vertientes de la Vida, vemos, abajo de la una, la sombra de
nuestra cuna, ya perdida en el límite de muchas ¡lejanías!; los soles de
medio Siglo, ya extintos y acumulados sobre ella, le hacen una gematización
astral, que esplende en la Soledad;
y, al otro lado, en el descenso, el hueco negro de la tumba, que nos
aguarda insaciable y sin embargo bella, como una boca de mujer
que ha muerto de fiebre;
y, al lado de nosotros, el Genio del Recuerdo, dictándonos las cosas que
vivimos para decirlas a aquellos que aun no han vivido todavía.
Cuando llegamos a esta zona de los crepúsculos, que es la tarde de la Vida,
¿qué homenaje falta a los sueños de nuestro corazón?
nuestra juventud los cantó; nuestra edad madura lloró sobre ellos;
¿qué les espera mañana?
sentarse sobre nuestra tumba, y hacemos compañía.
Las generaciones que se levantan, no aman la Gloria de aquellas que han
declinan;
medio acostados ya en el Sepulcro, sentimos que manos jóvenes nos empujan
al fondo de él, diciéndonos:
—Dormid, dormid, ya es hora...
—Esperad... un minuto de Sol...
—No, no... el Sol es nuestro; éste es nuestro día...
tienen necesidad de abonar su Gloria, con nuestros cadáveres...
y, hacen bien;
¿no les enseñamos a vivir?
Cuando perdemos nuestra madre, en plena juventud, el Dolor quiere matamos,
pero continuamos en vivir y en sonreír al mundo, porque nos queda la Vida,
con sus perspectivas luminosas extendidas ante nosotros, y con su seno
maternal, en un perpetuo engendramiento de Ilusiones;
pero, a esta hora en que la Vida huye de nosotros y todo huye con ella,
sentimos de nuevo la Orfandad, con un pesar tan grande, como si
fuésemos niños;
y, como un pájaro que ha perdido sus plumas, sentimos otra vez necesidad
del calor de las alas maternales; y suspiramos por él;
¡ay! no nos queda ya para ampararnos, sino las alas cariñosas de la Muerte,
abiertas sobre nosotros;
¡ella también es nuestra Madre!
Cuando doblamos este cabo de las tempestades, que nos aproxima al apacible
mar de la vejez y de la Muerte, vemos con asombro, que hemos sobrevivido a
muchos hombres, y que como en una llanura devastada por el huracán, no hay
en torno nuestro sino ruinas acumuladas por la Muerte;
no contamos nuestros amigos sino por tumbas, y nuestros amores por cadáveres;
no hay cunas en tomo nuestro;
las flores de nuestros jardines son otoñales y se preparan como nosotros,
a entrar en el Invierno, cuyo frío empieza a desflorarlas;
de todo ese naufragio de cosas sentimentales y por consiguiente inútiles,
la Naturaleza no ha dejado nada en nuestro corazón...
pero en cambio, una sonriente, inacabable primavera, florece en nuestro
cerebro;
somos como un árbol cercado por aguas de la inundación;
las raíces y el tronco desaparecen en el agua;
pero su copa alza al aire su ramaje lujurioso y las flores se abren
insolentes de colores y los nidos cantan locos de Amor...
un Poema de Vida, bajo el Sol.
Si veis a un Hombre, empeñado en edificar un Palacio sobre la arena,
no os burléis de él;
¿no veis tantos hombres, empeñados en levantar el edificio de su Ventura,
sobre el Amor, sobre la Riqueza, sobre la Gloria, cosas mil veces más
instables, más deleznables y más miserables que la arena?
¿no veis que nada es cierto, nada es estable, en el espectáculo mentiroso
de la Vida, y que el soplo del aire y los colores del cielo pasan y se pierden
por igual sobre los sueños de los hombres, los nidos de los pájaros y la
belleza fugitiva de las rosas?
el Verdadero Sabio, no edifica nada, sobre nada, porque no ama nada y no
cree en nada...
y, sólo espera, en el flujo y reflujo del océano tenebroso del Tiempo,
la ola cariñosa que ha de arrebatarlo de la playa miserable de la Vida,
en la cual, tal vez, lo menos inestable, era esa arena movediza,
que hacía reír el Sueño ambicioso de los hombres.
Los hombres, sienten la necesidad de olvidar la Vida, ya que no pueden
destruirla;
de ahí, que inventen todos los laberintos de la etafísica, y alcen cielos
de Inmortalidad, con la esperanza de emigrar a ellos;
ese gesto, que busca un refugio lejos y fuera del Dolor, es hondamente
conmovedor, en su pobre Ingenuidad;
pero, ¿no veis con cuánta candidez, el Hombre, emigrando al cielo,
lo primero que lleva a él, es su Tirano?
no concibe un cielo sin Dios, es decir sin Amo;
y, no consiente en escapar de la Vida, sino a condición de llevar consigo
su cadena;
¿no tenía razón el Filósofo cuando aseguraba que la estupidez humana,
era lo único que le había dado una idea de lo Infinito?
Apresurad la caída de vuestros Ídolos;
no temáis al hacinamiento de sus ruinas;
sobre los escombros de la Metafísica, acumulados en los altos parajes del
Sentimiento, quedan aun ciertas flores de Poesía, muy pálidas, muy débiles,
pero llenas de un secreto y triste encanto, cual si en ellas hubiesen apoyado
sus alas, al partir, las ultimas Deidades;
y, es que la Metafísica, es un Ensueño;
y, de las ruinas de todo Ensueño, se escapa tal perfume de Belleza, que basta
a consolarnos de su Muerte.
Dudad;
ninguna Fe ha sido nunca tolerante;
la Duda, es la Tolerancia;
la Fe, ha levantado hogueras;
la Duda, no las levantará jamás;
toda Fe es una Tiranía, y todo creyente es un esclavo;
no creáis.
FIN
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